
Ayer en el Congreso se debatía la reforma laboral, pero parecía más un casting de indignación selectiva que una discusión seria sobre el trabajo en la Argentina.
Los jóvenes legisladores que levantaron la mano por orden del gobernador para dar quórum y avanzar con la flexibilización laboral quizá hoy crean que cumplieron con la disciplina de la gobernabilidad. El tiempo, que es el único fiscal implacable en política, les recordará qué votaron y para quién.
Mientras tanto, desde Buenos Aires descubren que Catamarca es “peronista” solo cuando necesitan cerrar los números. Para las decisiones importantes —esas donde se define quién va a conducir los destinos del país— nuestra opinión federal se resume en un videíto de redes sociales donde ya está todo decidido. Y nos dijeron en ese video que el presidente seria Alberto que toca la guitarra, tiene el cierre bajado, fue jefe de gabinete y la convenció a Cristina de escribir un libro. Federalismo de utilería.
En la última elección eligieron fórmulas que representaban la pureza ideológica más cerrada, sin leer el clima social ni el desgaste acumulado. Resultado: Gano Milei, gobernadores asfixiados administrando crisis, mientras los estrategas centrales juegan a la patrulla ideológica, señalando traidores como si la política fuera un tribunal moral y no un espacio de construcción de poder real.
Ahora el espectáculo es acusar al gobernador por haber dado quórum. ¿La reforma es mala? Discutámosla en serio. ¿Hay que defender derechos laborales? Claro que sí. Pero convertir cada votación en una cacería simbólica no es conducción política, es catarsis militante.
Y mientras tanto, atacan a Axel Kicillof —que está en contra de la reforma—. Entonces la pregunta es inevitable: si coincide en el rechazo, ¿por qué lo atacan? Tal vez porque la discusión de fondo no es la reforma laboral, sino qué porteño sueña con ser vicepresidente en la próxima fórmula.
Un peronismo que discute cargos antes que proyecto.
Un peronismo que denuncia traiciones sin revisar errores propios.
Un peronismo que exige lealtad pero evita la autocrítica.
La reforma laboral merece un debate serio. Lo que vimos fue pura escenografía. Mucha preocupación performática, mucha épica de redes, pero poca reflexión estratégica.
Y así, entre acusaciones cruzadas y superioridades morales de ocasión, el peronismo sigue sin discutir lo esencial: por qué perdió, qué representa hoy y a quién quiere volver a representar.
Lo demás es puro chachara.
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Fuente: San Fernando Digital

